Martes, 18 Septiembre 2018 17:56

La discapacidad no truncó sus sueños

El 13 de julio de 2003 es una fecha que marcó la vida de Julio Sánchez, de 29 años de edad.

Su madre le había indicado que no saliera a la calle, pero su desobediencia puedo más. Se fue a birriar con los amigos y terminó lesionado en la calle Las Minas, en La Siesta de Tocumen.

Cayó apoyando todo su peso, unas 160 libras, sobre su cadera y la golpeó contra el pavimento.

El precio de aquella hazaña fue una fractura en su columna, dejándolo con una discapacidad física permanente.

Julio, quién cursaba el segundo año en el Colegio Elena Chávez de Pinate, fue operado y empezó sus terapias. Duró ocho meses para la recuperación.

Tuvo que abandonar sus estudios, no se le dio la oportunidad de trabajar con módulos.

En total fueron nueve años difíciles, ya que tuvo que remplazar el balón de fútbol por una silla de ruedas. Fue duro, muy duro.

Su vida y la de su familia tomó otro rumbo, no veían al mismo joven que le gustaba practicar algún deporte, divertirse y sonreír con los suyos. Solo era una cama y sus almohadas, las que diariamente escuchaban sus plegarias a Dios, nunca dejó de confiar en él.

Con un poco de gallardía y ganas de superación fue mejorando y se propuso usar andaderas para una mejor movilidad. Poco a poco se fue adaptando a ellas, pues estuvo nueve años sin poder tocar el piso, lo que se hizo un reto interesante.

Su familia ha sido un soporte muy importante.

Su principal baluarte es su madre, Elia Muñoz, una mujer soltera de 62 años de edad, a quién le ha tocado sacrificarse para darle a Julio algo que le quedara para toda la vida: la educación.

El es el menor de tres hermanos. David Velásquez (36 años) y César Samaniego (39 años) fueron su modelo a seguir, ambos le inculcaron que todo sacrificio merecía una recompensa.

En su morada, todavía está aquella silla de ruedas que utilizó durante nueve años, al igual que su andadera. Hoy, al verlas le recuerda que uno de los principales valores que deben tener los hijos para con sus padres es la obediencia. Desde 2012 abandonó la andadera.

En 2010, a siete años de su accidente, pudo continuar su preparación educativa en la escuela laboral Centro Educativo Monte Horeb, en San Miguelito, estudiando a través de módulos.

Todos los sábados era llevado por su hermano o sus amigos a entregar sus asignaciones, en ocasiones se le dificultaba asistir pero terminó la carrera, obteniendo el Bachillerato en Comercio en el año 2015.

Fue así que cerró la etapa de educación media, a sus 26 años de edad. Su próximo paso era ingresar a la Universidad de Panamá y lo logró.

Se inscribió en la Facultad de Comunicación Social en la licenciatura de Producción de Cine, Radio y Televisión. El pasado martes 31 de julio de 2018 aprobó todo el pénsum académico, estando sólo a la espera de realizar su trabajo de grado y obtener su diploma el próximo año.

Julio desea tener una productora independiente, seguir aprendiendo de los diferentes medios y poder transmitir lo que ha aprendido a la juventud.

Diariamente se levanta a las 4:00 a.m. para salir de la calle Changuinola en la casa 766 en La Siesta.

Tiene una lucha constante, primero con algunos usuarios que utilizan los asientos asignados para las personas con discapacidad, adultos mayores o mujeres embarazadas y al verlos se hacen los desentendidos o simplemente voltean su mirada a otro extremo.

Entre 6:00 a.m. y 6:30 a.m. llegaba a la universidad para comenzar la faena que algunas veces se extendía hasta las 5:00 p.m.

La discapacidad se convirtió en su mayor reto.

Para él, la palabra discaapcidad sólo hace que los demás se aparten de los que la tienen.

Su optimismo lo mantiene firme ante las adversidades de la vida. Es así como cantó victoria el día en que salía de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá (UP), tras haber obtenido los resultados de la aprobación de créditos en la licenciatura en Producción de Radio, Cine y Televisión.

Todas las personas tienen derecho a educación de calidad

La población estudiantil en la Universidad de Panamá (UP) con algún tipo de discapacidad es muy reducida. Para el año 2017 sólo habían 130 estudiantes declarados con discapacidad, cursando alguna carrera, según estadísticas de la Oficina de Equiparación de Oportunidades.

Para este año se está a la espera de poder recabar información de la matrícula del segundo semestre.

De los  67 mil estudiantes que tiene la casa de estudio superior, sólo se llega a cubrir una demanda cercana al 0.2%. Algunos universitarios que tienen discapacidad no la han declarado.

Para Magalí Díaz De Aguirre, directora general de la Secretaría Nacional de Discapacidad (Senadis), el caso de Julio Sánchez no debe ser visto como algo extraordinario, ya que todas las personas tienen el derecho a la educación de calidad teniendo las competencias para el mercado competitivo que se exige en estos momentos en el campo laboral, sin importar la condición o estado de salud.

Reconociendo que hace falta mucho trabajo por hacer, señaló que se debe reforzar los pilares: educación, salud y trabajo para mejorar la existencia de las personas con discapacidad (PCD).

Añadió que se ha estado apostando a la formación académica, gestionando maestrías (tres cortes) de políticas públicas para la inclusión social de las PCD, becas, diplomados en salud, educación, planificación estratégica y demás.

La Primera Encuesta Nacional de Discapacidad (Pendis) 2006 reveló que la prevalencia de la discapacidad en Panamá alcanzaba el 11.3%, es decir que habían más de 370 mil 53 habitantes con discapacidad. Las cifras han variado y deben ser actualizadas en la Segunda Encuesta Nacional de Discapacidad (Endis-2).

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